CSDDD vs. CSRD: dos normativas clave, parecidas en el nombre pero muy distintas en el fondo.
Ambas están en el centro del mapa ESG en Europa, y cada vez más empresas tienen que lidiar con ellas.
Pero ¿realmente sabemos en qué se diferencian y cómo se conectan?
Spoiler: no se trata de elegir una u otra, ni de duplicar esfuerzos.
Se trata de entender qué pide cada una y cómo organizar la información para que trabaje a nuestro favor.
Si no lo tenemos claro, vamos a perder tiempo, dinero y oportunidades.
Pero con una estrategia clara, podemos convertir estas normativas en una palanca de valor.
En este artículo vamos a explicar qué es la CSDDD, qué es la CSRD y cómo gestionarlas de forma inteligente.
Vamos al grano.
Hablar de sostenibilidad hoy no es solo cuestión de imagen.
La Unión Europea está subiendo el listón con normativas que ya no se pueden ignorar.
Y ahí es donde entran la CSRD y la CSDDD, dos piezas clave del puzzle regulatorio.
El problema: muchas veces se mezclan, se confunden o se ven como trámites separados.
Pero si no las entendemos bien, vamos a perder tiempo y duplicar esfuerzos.
Vamos por partes.
La CSRD (Corporate Sustainability Reporting Directive) es la norma que cambia por completo cómo reportamos sostenibilidad en Europa.
Ya no basta con intenciones.
Esta directiva pide informes detallados, con datos verificables, que muestren el impacto real de la empresa.
Su objetivo es claro: que las empresas rindan cuentas en serio sobre lo que hacen en sostenibilidad, igual que ya lo hacen con las finanzas.
¿A quién le aplica? Hay muchas más empresas de las que creemos.
No hablamos solo de grandes corporaciones.
La CSRD amplía el alcance e incluye a empresas medianas, e incluso a filiales europeas de grupos extranjeros.
Si cumplimos ciertos criterios de tamaño, facturación o número de empleados, vamos dentro.
La CSRD no deja espacio a interpretaciones vagas.
Pide datos ESG estructurados, con métricas claras y comparables.
Hablamos de información sobre impacto ambiental, social y de gobernanza.
Y sí, hay que reportar riesgos, oportunidades y planes de transición.
No se trata de contar lo bien que lo hacemos. Se trata de mostrar cómo lo medimos, lo gestionamos y lo integramos en la estrategia.
La CSDDD (Corporate Sustainability Due Diligence Directive) va a la raíz del problema. No se enfoca en reportar, sino en actuar.
Pide que las empresas identifiquen, prevengan y corrijan impactos negativos en derechos humanos y medioambiente…
No solo en sus operaciones, también en toda la cadena de suministro.
¿Podemos relajarnos? No del todo.
No es suficiente con mirar hacia dentro.
Hay que controlar también a nuestros proveedores y socios comerciales.
La CSDDD exige procesos de diligencia debida continuos.
Eso significa identificar riesgos, aplicar medidas correctivas y demostrar que lo estamos haciendo.
Y sí, esto aplica incluso fuera de Europa si hacemos negocios con actores que están dentro.
La CSDDD no es una guía de buenas intenciones. Tiene dientes.
Las empresas que no cumplan pueden enfrentarse a sanciones económicas, restricciones contractuales y daños reputacionales.
Pero más allá del miedo al castigo, la clave está en hacer las cosas bien desde el principio.
Porque si no tenemos control sobre nuestra cadena de valor, el problema no es la norma: somos nosotros.
CSRD y CSDDD no son lo mismo, pero se conectan. La primera nos obliga a contar lo que hacemos.
La segunda, a hacerlo bien. Ahora que lo tenemos claro, veamos cómo podemos gestionar ambas sin morir en el intento.
No estamos ante dos caminos separados. La CSRD y la CSDDD están diseñadas para funcionar juntas.
Una te dice qué tienes que contar. La otra, qué tienes que hacer.
Y si jugamos bien las cartas, podemos aprovechar esta conexión para simplificar procesos y ganar eficiencia.
La CSRD se centra en el reporte de sostenibilidad.
Aplica a empresas que superan ciertos umbrales de tamaño o facturación.
La CSDDD va más allá. Aplica incluso si parte del impacto ocurre fuera de nuestras operaciones directas.
Incluye a nuestros proveedores y socios comerciales.
La CSRD obliga a reportar. Pide transparencia, métricas y comparabilidad en los datos ESG.
La CSDDD impone acción. Nos pide que identifiquemos, evitemos y corrijamos impactos reales, no que los contemos después.
La CSRD requiere información estructurada: indicadores, planes, riesgos, oportunidades…
Con la CSDDD, toca ir a la raíz: conocer bien la cadena de suministro y tener claro qué impactos estamos generando directa o indirectamente.
Y sí, los datos que usamos para cumplir una, nos pueden servir para cumplir la otra… si los gestionamos bien desde el principio.
Ambas cambian cómo operamos. Pero mientras la CSRD empuja a integrar sostenibilidad en la estrategia, la CSDDD obliga a rediseñar procesos concretos.
Desde compras hasta gestión de proveedores, no hay área que se quede fuera.
Porque cuando apliquen, no habrá margen para improvisar.
Esperar a que sea obligatorio es ir tarde.
Los clientes, inversores y el mercado ya están exigiendo respuestas ahora.
Además, empezar antes nos permite probar, ajustar y montar un sistema que de verdad funcione, sin prisas ni parches.
Medir, gestionar y actuar sobre datos ESG ya no es un extra.
Es lo que va a marcar quién se queda y quién se queda fuera.
Las empresas que entienden cómo se relacionan estas normativas pueden unificar esfuerzos, anticiparse y tomar mejores decisiones.
Y eso, más allá de cumplir con las normas, es una ventaja real frente a la competencia.
¿Estamos listos para usar esta información a nuestro favor?
Porque si no lo hacemos nosotros, lo hará alguien más.
Hay muchas empresas intentando entender por separado la CSRD, la CSDDD, la taxonomía, los SBTi o las ISOs.
Pero el reto real es cómo conectar todos esos frentes sin duplicar esfuerzos.
Ahí es donde entra Dcycle. No somos auditores ni consultores. Somos una solución para empresas que quieren poner en marcha su estrategia ESG de forma clara, ágil y sin perder el tiempo.
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No, pero el alcance se está ampliando. Si operas en Europa o formas parte de una cadena global, lo más probable es que te toque pronto.
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Some strategies require initial investment, but long-term benefits outweigh costs.
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